
La mordaz mirada que él le lanzó la destrozó. Blaire había resistido hasta ese momento, pero bastarían unos segundos para que comenzara a derramar lágrimas, y si lo hacía, después no podría parar.
– Puedes hacer lo que quieras al respecto, Alik. Yo estoy hospedada en el Bluebird Inn de Warwick, y permaneceré allí hasta las once de la mañana de mañana, así que ya sabes dónde estoy si qui-si quieres ver a tu hijo -tartamudeó Blaire.
Blaire salió, cerró la puerta con cuidado y corrió al coche de alquiler, pero no pudo evitar empaparse bajo la lluvia. No esperaba que Alik corriera tras ella, pero resultaba triste despedirse de ciertos hábitos. Estuvo observando el remolque por el retrovisor hasta que desapareció de su vista.
Volver a verlo le había producido una mezcla de miedo y de excitación. La tensión que sufría era tal que ni siquiera podía mantener quieto el pie sobre el pedal. Blaire respiró hondo y trató de calmarse.
«Por fin lo has hecho, Blaire. Le has dicho la verdad. Ese era exactamente tu deber, por mucho que supusiera un enorme riesgo. Pero ya está hecho».
Para cuando llegó a las afueras de Warwick la lluvia casi había cesado. El día anterior había abandonado San Diego bajo un cielo soleado. Solo un mensaje tan vital como aquel podía obligarla a volar a Nueva York por segunda vez tras vivir allí la peor y más dolorosa experiencia de su vida. Odiaba aquel estado, no veía el momento de volver a California con su hijito adorado. Lo primero que haría nada más llegar al hotel sería confirmar su reserva en el avión de vuelta a casa para el día siguiente por la tarde.
Por fin vio de lejos el Bluebird Inn. Ansiosa por volver a abrazar a su hijo y asegurarse de que estaba bien, Blaire dio la vuelta al edificio y aparcó junto a su habitación, en la segunda planta.
