Recogí el maloliente chaquetón del iván del asiento para tirarlo también, pero su peso me hizo vacilar. Al registrar los bolsillos encontré una 38 automática, de fabricación checa, un puñado de relojes de pulsera, probablemente todos robados, y una botella medio vacía de Moscovskaya. Después de decidir quedarme con la pistola y los relojes, destapé el vodka, limpié el gollete y alcé la botella al helado cielo de la noche.

– Alla rasi bo sun, Dios te salve -dije, y eché un generoso trago. Luego tiré la botella y el chaquetón fuera del tren y cerré la puerta.

Cuando llegué de vuelta a la estación del ferrocarril, la nieve flotaba en el aire como si fueran fragmentos de pelusa y se acumulaba en pequeñas pistas de esquí en el rincón entre el muro de la estación y la calle. Era el día más frío de toda la semana y el cielo estaba cargado de amenazas de algo peor. La niebla envolvía las blancas calles como el humo de los puros se desliza a través de un mantel bien almidonado. Cerca, un farol ardía sin demasiadaintensidad, pero con el brillo suficiente para iluminarme la cara y que la viera un soldado británico que se dirigía a casa, haciendo eses, con varias botellas de cerveza en cada mano. La boba sonrisa de la borrachera que le iluminaba la cara cambió a una expresión más circunspecta cuando me echó la vista encima, y el juramento que lanzó denotaba temor.

Pasé a su lado cojeando y oí el ruido de una botella al romperse contra el suelo después de resbalar de entre unos dedos nerviosos. De repente se me ocurrió que llevaba las manos y la cara cubiertas con la sangre del iván y la mía propia. Debía tener el mismo aspecto que la última toga de Julio César.

Me oculté en una callejuela cercana y me lavé con un poco de nieve. Me pareció que no solo eliminaba la sangre, sino también la piel, y que probablemente seguía con la cara igual de roja que antes. Completado mi helado aseo, seguí andando, tan rápido como podía, y llegué a casa sin más incidentes.



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