Mi placaje aéreo lo estrelló contra el suelo y con medio tronco por fuera de la puerta abierta del tren, que avanzaba velozmente. Me eché encima de sus piernas y me esforcé en impedir que el iván se pusiera de nuevo en pie en el interior. Unas manos pegajosas por la sangre me arañaron la cara y luego me aferraron desesperadamente por la garganta. Apretó más y oí el gorgoteo del aire al salir de mi garganta, como si fuera una cafetera exprés.

Le golpeé con fuerza en la barbilla, no una vez, sino varias, y luego presioné con la mano esforzándome para enviarlo de vuelta al raudo aire de la noche. La piel de la frente se me tensó al boquear para recuperar la respiración.

Un horrible estruendo me llenó los oídos, como si una granada me hubiera explotado justo delante de la cara y, durante un segundo pareció que se le aflojaban los dedos. Le lancé un golpe contra la cabeza y di contra el espacio vacío señalado ahora, gracias a Dios, por un muñón, bruscamente interrumpido, de vértebras humanas sanguinolentas. Un árbol, o quizá un poste de telégrafos, lo había decapitado limpiamente.

Con el pecho como un saco lleno de aterrorizados conejos jadeantes, me dejé caer al interior del vagón, demasiado exhausto para ceder a la oleada de náuseas que empezaba a inundarme. Pero al cabo de unos segundos no pude resistirme más y, doblado por una súbita contracción del estómago, vomité copiosamente encima del cuerpo del soldado muerto.

Pasaron varios minutos antes de que me sintiera lo bastante fuerte para empujar el cuerpo afuera, seguido inmediatamente de la carabina.



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