
– ¿Hay bastante para dos? -preguntó.
– Claro -dije, y le puse un plato delante.
Entonces se dio cuenta de la magulladura que tenía en la cara.
– Dios santo, Bernie, ¿qué demonios te ha pasado?
– Tuve un encontronazo con un iván anoche. -Dejé que me tocara la cara y mostrara su preocupación durante un momento y luego me senté a tomar el desayuno-. El cabrón trató de robarme. Nos enzarzamos a golpes unos minutos y luego se largó. Me parece que había tenido una noche muy ocupada. Se dejó unos relojes.
No iba a contarle que estaba muerto. No tenía sentido que los dos nos preocupáramos.
– Los he visto. Son bonitos. Valdrán un par de miles de dólares.
– Iré al Reichstag esta mañana para ver si puedo encontrar algunos ivanes que los quieran comprar.
– Vigila que él no esté por allí buscándote.
– No te preocupes. No me pasará nada. -Me llevé algunas patatas a la boca con el tenedor, cogí la lata de cafénorteamericano y la miré, impasible-. Volviste un poco tarde anoche, ¿no?
– Dormías como un bebé cuando llegué. -Kirsten se alisó el pelo con la palma de la mano y añadió-: Tuvimos mucho trabajo ayer. Uno de los yanquis se apoderó del local para celebrar su fiesta de cumpleaños.
– Ya veo.
Mi esposa era maestra, pero trabajaba como camarera en un bar en Zehlendorf, abierto solo para los militares estadounidenses. Debajo del abrigo que el frío la obligaba a llevar en el interior del piso, ya llevaba el vestido de cretona rojo y el diminuto delantal con volantes que era su uniforme.
Sopesé el café en la mano.
– ¿Robaste este lote?
Asintió, evitando mirarme.
– No sé cómo te las arreglas -dije-. ¿No se molestan en registraros a ninguna de vosotras? ¿No se dan cuenta de que faltan cosas en el almacén?
Se echó a reír.
– No tienes ni idea de la cantidad de comida que hay allí. Esos yanquis tienen una dieta de más de cuatro mil calorías al día. Un GI se come tu ración mensual de carne en una sola noche y aún le queda sitio para el helado. -Se acabó el desayuno y sacó un paquete de Lucky Strike del bolsillo del abrigo-. ¿Quieres?
