
– ¿También los has robado?
Aun así cogí uno y bajé la cabeza para acercarla al fósforo que ella acababa de encender.
– Siempre el detective -murmuró, añadiendo algo más irritada-: En realidad, estos son un regalo de uno de los yanquis. Algunos de ellos son solo unos niños, ¿sabes? Pueden ser muy amables.
– Apuesto a que sí -me oí gruñir.
– Les gusta hablar; eso es todo.
– Estoy seguro de que tu inglés debe de estar mejorando. -Sonreí abiertamente para suavizar cualquier sarcasmo que pudiera haber en mi voz. Me pregunté si me diría algo del frasco de Chanel que hacía poco había encontradoescondido en uno de sus cajones. Pero no lo mencionó.
Mucho después de que Kirsten se hubiera marchado al bar, llamaron a la puerta. Todavía nervioso por la muerte del iván, me metí su automática en el bolsillo antes de ir a abrir.
– ¿Quién es?
– El doctor Novak.
Acabamos rápidamente con nuestro asunto. Le expliqué que mi informador en el cuartel general del GSOV había confirmado con una llamada telefónica por línea interna a la policía de Magdeburgo, la ciudad más cercana a Wernigerode dentro de la Zona, que Frau Novak estaba «detenida para su propia protección» por el MVD. Cuando Novak volviera a casa, tanto él como su mujer serían deportados inmediatamente, «para hacer un trabajo vital para los intereses de los pueblos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas», a la ciudad de Járkov, en Ucrania.
Novak asintió, sombrío.
– Eso tiene sentido -dijo con un suspiro-. La mayoría de sus investigaciones metalúrgicas las realizan allí. -¿Qué va a hacer ahora? -le pregunté.
Meneó la cabeza con una expresión de desaliento tal que sentí lástima de él. Pero no tanta como la que sentía por Frau Novak. Para ella no había ninguna salida.
