– Cinco -me oí decir-, si compra.

El hombre asintió y se fue dando bandazos, como un trípode viviente, en dirección al Teatro de la Ópera Kroll. Volvió al cabo de diez minutos, jadeante y acompañado no de uno, sino de dos soldados rusos, que, después de mucho discutir, compraron el Mickey Mouse y el Patek de oro por mil setecientos dólares.

Cuando se hubieron marchado saqué nueve de los grasientos billetes del taco que me habían dado los ivanes y selos di.

– A lo mejor ahora podrá conservar esa pierna suya.

– A lo mejor -dijo con un resoplido, pero más tarde vi cómo la vendía por cinco cartones de Winston.

Ya no tuve suerte aquella tarde y, después de ponerme los dos relojes que me quedaban en las muñecas, decidí irme a casa. Pero cuando pasaba junto a los fantasmales muros del Reichstag, con las ventanas tapiadas con ladrillos y la cúpula con aquel aspecto tan precario, cambié de opinión al ver una de las pintadas que había y que se me reprodujo en el interior del estómago: «Lo que hacen nuestras mujeres hace llorar a un alemán y a un GI correrse en los calzoncillos».

El tren a Zehlendorf y al sector estadounidense de Berlín me dejó a muy poca distancia al sur de la Kronprinzenallee y del bar americano Johnny's, donde trabajaba Kirsten, a menos de un kilómetro del cuartel general de Estados Unidos.

Era ya de noche cuando encontré Johnny's, un lugar lleno de luz y ruido, con las ventanas empañadas y varios jeeps aparcados delante. Un letrero colgado por encima de la entrada, de aspecto vulgar, anunciaba que el bar solo estaba abierto para los tres primeros rangos, cualquier cosa que eso fuera. Al lado de la puerta había un viejo con una joroba tan grande como un iglú; uno de los miles de colilleros de la ciudad que se ganan la vida recogiendo los restos de cigarrillos. Igual que las prostitutas, cada colillero tenía su propio territorio, y las aceras de delante de los bares y clubes norteamericanos eran los más codiciados de todos; allí, en un día bueno, un hombre o una mujer podían recuperar hasta cien colillas, lo suficiente para liar diez o quince cigarrillos enteros, con un valor total de unos cinco dólares.



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