
– Eh, abuelo -le dije-, ¿quiere ganarse cuatro Winston?
Saqué el paquete que había comprado en el Reichstag y me puse cuatro cigarrillos en la palma de la mano. Losojos legañosos del hombre se desplazaron, ansiosos, de los cigarrillos a mi cara.
– ¿Qué hay que hacer?
– Dos ahora y dos cuando venga y me avise cuando salga esta mujer.
Le di una foto de Kirsten que llevaba en la cartera.
– Vaya tía estupenda.
– Olvide eso ahora. -Con un gesto del pulgar señalé un café de aspecto sucio algo más arriba de la calle, en dirección al cuartel general de Estados Unidos-. ¿Ve aquel café? -Él asintió-. Estaré allí.
El colillero saludó militarmente con un dedo y metiéndose rápidamente en el bolsillo la fotografia y los dos Winston, empezó a darse media vuelta para seguir escudriñando el suelo. Pero yo lo agarré por el mugriento pañuelo que llevaba alrededor del mal afeitado cuello.
– No se olvidará, ¿eh? -dije retorciéndoselo con fuerza-. Este parece un buen sitio. Así que sabré dónde buscar si no se acuerda de venir a avisarme. ¿Entendido?
El viejo pareció notar mi ansiedad y sonrió de una forma horrible.
– Puede que ella le haya olvidado, pero puede estar seguro de que yo no lo haré.
Su cara, parecida a la puerta de un garaje con puntos brillantes y manchas aceitosas, enrojeció cuando yo apreté más fuerte durante un momento.
– Mejor será -dije, y lo dejé ir, sintiéndome algo culpable por haberlo tratado con tanta rudeza. Le di otro cigarrillo como compensación y, sin tener en cuenta sus exageradas alabanzas a mi buen carácter, me dirigí calle arriba hacia el sombrío café.
