El oficial se quitó la gorra, saludó golpeando los talones como un prusiano y dio un cabezazo al aire.

– Palkovnik Poroshin, a su servicio. ¿Puedo entrar?

No esperó la respuesta. No era el tipo de persona acostumbrada a esperar por nada que no fuera su propio capricho.

Con no más de treinta años, el coronel llevaba el pelo largo para un militar. Apartándoselo de los ojos azul pálido y llevándolo hacia atrás de su pequeña cabeza, me ofreció la sombra de una sonrisa al volverse para mirarme, ya en la sala. Estaba disfrutando con mi incomodidad.

– Es Herr Bernard Gunther, ¿verdad? Tengo que estar seguro.

Que conociera mi nombre completo fue toda una sorpresa. Y también lo fue la elegante pitillera de oro que abrió con un gesto de invitación. Las manchas marrones que tenía en la punta de los cadavéricos dedos indicaba que no se ocupaba tanto de vender cigarrillos como de filmárselos. Y en el MVD no solían molestarse en compartir un cigarrillo con un hombre que estaban a punto de arrestar. Así que cogí uno y reconocí que ése era mi nombre.

Insertó un cigarrillo entre sus maxilares y sacó un Dunhill a juego para darnos fuego a los dos.

– ¿Es usted -hizo una mueca cuando se le metió el humo en los ojos-… sh'pek? ¿Cómo se dice en alemán?

– Detective privado -dije traduciendo automáticamente y lamentando mi presteza casi en el mismo momento.

Las cejas de Poroshin se elevaron en su amplia frente.

– Vaya, vaya -dijo con una ligera sorpresa que se convirtió enseguida primero en interés y luego en un placer sádico-, habla ruso.

Me encogí de hombros.

– Un poco.

– Ah, pero no era una palabra corriente. No para alguien que solo habla un poco de ruso. Sh'pek es también la palabra rusa para grasa de cerdo salada. ¿También lo sabía?



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