
– No, no le ayudarán -dije-. Ha hecho bien en venir a verme.
– ¿Puede ayudarme, Herr Gunther?
– Eso significa entrar en la Zona -dije, medio para mis adentros, como si necesitara que me convencieran, lo cual era cierto-. A Potsdam. Conozco a alguien a quien podría sobornar en el cuartel general de las fuerzas armadas soviéticas en Alemania. Tendrá que pagarlo, y no me refiero a un par de chocolatinas.
Asintió solemnemente.
– ¿No tendrá algunos dólares, por casualidad, doctor Novak? Negó con la cabeza.
– Y también está la cuestión de mis honorarios.
– ¿Qué me sugeriría?
Señalé su maletín.
– ¿Qué tiene?
– Me temo que sólo papeles.
– Debe de tener algo. Piense. Quizá algo en el hotel.
Bajó la cabeza y suspiró de nuevo mientras trataba de recordar alguna posesión que pudiera tener algún valor.
– Escuche, Herr Doktor, ¿se ha preguntado qué hará si resulta que los rusos tienen a su mujer?
– Sí -dijo, sombrío, y los ojos se le nublaron durante un momento.
Estaba suficientemente claro. Las cosas no pintaban bien para Frau Novak.
– Espere un momento -dijo metiendo la mano en la americana y sacando una pluma de oro-. Tengo esto.
Me dio la pluma.
– Es una Parker, de dieciocho quilates.
Valoré rápidamente lo que valía.
– Unos mil cuatrocientos dólares en el mercado negro -dije-. Sí, con esto será suficiente para los ivanes. Adoran las plumas estilográficas, casi tanto como los relojes.
Arqueé las cejas insinuante.
– Me temo que no puedo separarme del reloj -dijo Novak-. Es un regalo de mi esposa. -Sonrió apenas al darse cuenta de la ironía.
Asentí, comprensivo, y decidí seguir con el asunto antes de que el sentimiento de culpa lo dominara.
– Y en lo que respecta a mis honorarios… Mencionó la metalurgia. No tendrá acceso a un laboratorio, ¿verdad?
