Se sabía de pasajeros del tren entre Berlín y Magdeburgo que habían sido despojados de toda la ropa y tirados del tren en marcha. La carretera de Berlín a Leipzig era tan peligrosa que, con frecuencia, los vehículos solo la recorrían formando convoyes; el Telegraph había publicado la noticia de un asalto en el cual a cuatro boxeadores, que iban de camino a un combate en Leipzig, los habían asaltado y les habían robado todo salvo la vida. Los más famosos eran los setenta y cinco atracos cometidos por la banda de la limusina azul, que actuaba en la carretera Berlin-Michendorf y que contaba entre sus cabecillas al subcomisario jefe de la policía de Potsdam, controlada por los soviéticos.

A las personas que pensaban en visitar la Zona Este, yo les aconsejaba que no lo hicieran y, si alguien persistía ensu idea, le decía:

– No lleve reloj de pulsera, a los ivanes les encanta robarlos; no lleve nada excepto su chaqueta y sus zapatos más viejos, a los ivanes les gusta la calidad; no discuta ni replique, los ivanes no tienen ningún reparo en matar; si tiene que hablar con ellos, despotrique de los fascistas norteamericanos y no lea ningún periódico que no sea el de ellos, el Taegliche Rundschau.

Eran, todos, buenos consejos y habría hecho bien en seguirlos yo mismo, porque, de repente, el iván de mi compartimiento se había puesto de pie y se balanceaba inseguro por encima de mí.

– Vi vihodeetye?, ¿va a bajar? -le pregunté.

Parpadeó con expresión de crápula y luego fijó los ojos con malevolencia en mí y en mi periódico antes de arrancármelo de las manos.

Era un tipo de las tribus de las montañas, un enorme y estúpido checheno con ojos negros almendrados, una mandíbula angulosa tan ancha como la estepa y un pecho como una campana de iglesia puesta al revés; el tipo de iván sobre el que se hacen chistes; por ejemplo, que no sabían lo que eran los retretes y metían la comida en la taza pensando que era una nevera (algunas de las historias incluso eran verdad).



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