– Lzhy, mentiras -rugió, blandiendo el periódico delante de su cara, exhibiendo en la boca abierta y babeante unos dientes amarillentos grandes como adoquines. Poniendo la bota a mi lado en el asiento, se inclinó acercándose más-. Lganyo -repitió en un tono inferior al olor a salchicha y cerveza que su aliento lanzaba ante mi impotente nariz.

Pareció darse cuenta del asco que yo sentía y le dio vueltas a esa idea en su cabezota de oso como si fuera un caramelo. Dejando caer el Telegraph al suelo, tendió la callosa mano hacia mí.

– Ya hachoo padarok -dijo y luego, lentamente, en alemán-: Quiero regalo.

Le sonreí asintiendo como un idiota, y comprendí que iba a tener que matarlo o dejar que me matara.

– Padarok -repetí-, padarok.

Me puse lentamente en pie y, sin dejar de sonreír ni de asentir, me arremangué la chaqueta para dejar al descubierto la muñeca desnuda. Ahora también el iván sonreía, convencido de que había tropezado con algo bueno. Me encogí de hombros.

– Oo menya nyet chasov -dije, explicando que no tenía ningún reloj para darle.

– Shto oo vas yest?, ¿qué tienes?

– Nichto -dije sacudiendo la cabeza e invitándolo a que me registrara los bolsillos de la chaqueta-. Nada.

– Shtoo oo vas yest? -repitió, esta vez más alto.

Hacía, reflexioné, lo mismo que yo cuando hablaba con el pobre doctor Novak, cuya esposa, como había podido confirmar, estaba en poder del MVD, la policía política secreta soviética: tratar de averiguar qué tenía para canjear.

– Nichto -repetí.

La sonrisa desapareció de la cara del iván. Escupió al suelo del compartimiento.

– Vroon, mentiroso -gruñó, y me golpeó en el brazo.

Sacudí la cabeza y le dije que no mentía.

Extendió el brazo para volver a empujarme, solo que esta vez no llegó a hacerlo y cogió la manga de la chaqueta entre sus sucios pulgar e índice.



9 из 315