
La conmoción se apaciguó. Lyudmila Ivanovna dejó que su sonrisa se apagara lentamente y dijo:
– Tengo entendido que en estos días se está asesinado a gente en Vostok.
Los generales examinaron el dorso de sus manos. Las grandes manos de Propenko se habían empapado de sudor desde el momento en que Bessarovich entró en la habitación. Las deslizó debajo de la mesa.
El jefe Vzyatin rompió el silencio.
– Anoche mataron a alguien de un tiro, Lyudmila Ivanovna. Mataron a un hombre trente a la iglesia de la Sangre Sagrada. Un guardián. Tenía cuarenta y un años.
– ¿Y?
– Tengo a mis tres mejores detectives en el caso.
– Mi información es que le dispararon con una pistola de nueve milímetros.
– Vzyatin contempló sus nudillos.
– Correcto -dijo.
– Y entiendo que las pistolas de nueve milímetros son las que usan los funcionarios de nuestro gobierno que hacen respetar la ley.
– Correcto también -repitió el Jefe. Propenko vio que los dedos de Malov tamborileaban sobre la mesa; contrajo la cara de nuevo. Bessarovich echó una mirada a su alrededor y dejó que se detuviera en Lyubov Mikhailovna. Secretaria del Consejo, la única otra mujer en la sala. La vista de la cara redonda de campesina de Lyuba pareció animarla-. Está claro -dijo-, hacer respetar la ley siempre ha sido tarea de hombres, verdad Lyuba, de modo que quizá no debemos entrometernos.
La secretaria se estremeció y trató de asentir con la cabeza.
– Pero algo huele a podrido, ¿no le parece?
– Si usted lo dice, sí, pienso lo mismo, Lyudmila Ivanovna.
– Y sería una lástima que invitáramos a un occidental a Vostok y que este olor a podrido estropeara su visita, ¿no les parece? -Bessarovich fijó sus ojos en cada uno de los generales mientras el segundero recorría austeramente la esfera de un reloj.
