Ahí estaba Volkov, el director nominal del Consejo y jefe nominal de Propenko, un borracho bondadoso, todavía medio dormido. Victor Vzyatin, jefe de milicia y amigo. Mladenetz, mariscal en jefe de bomberos. Leonid Fishkin, otro viejo amigo y director del Pabellón Central de Exposiciones. Ranishvili, gerente de alimentos del Consejo. Ryshevsky, jefe de la aduana. Diversos asistentes y especialistas en transporte. Hubo las usuales bienvenidas serviles. Sólo Volkov se mantuvo adormilado e indiferente, perdido en una niebla fabricada por él mismo. Bessarovich abrió la reunión dejando caer una pila de carpetas marrones sobre la mesa, con lo que silenció a los generales y despertó al director del Consejo de su sueño de vodka.

– Camarada Volkov -dijo ella, fijando sus brillantes ojos verdes en él y casi sonriendo-. Esperamos su opinión con gran interés.

Propenko observó que la cabeza rectangular de Volkov temblaba, mientras se enderezaba y retraía su mandíbula puntiaguda. Con el dedo índice de una mano, Volkov ajustó sus lentes sobre el puente de la nariz, luego tiró los puños de la lustrosa chaqueta de su traje hasta que cubrieron la base de los pulgares. Por fin despierto, se aclaró la garganta y enfrentó la mirada de Bessarovich.

– Lyudmila Ivanovna -comenzó con importancia, en un tono adecuado a un Director-. Mi opinión es esta… Mi opinión es que en este asunto deberíamos seguir la línea marcada por Lenin. Deberíamos actuar por el bien del pueblo.

Como si estuviese impresionada y esperase oír algo mas de su sabiduría, Bessarovich levantó las cejas y dejó caer las comisuras de su boca.

Volkov recorrió con disimulo la habitación con la mirada y se encogió de hombros modestamente. Puso su mano izquierda sobre la mesa y la cubrió con la derecha.

– Después de todo ¿quiénes somos nosotros para objetar las estrategias del propio Vladimir Ilych?

Otra vez se arquearon las cejas de Bessarovich. Cruzó sus labios con dos dedos y asintió varias veces, luego desvió su atención de Volkov y la dirigió al grupo en general, y juntando las manos dos veces, logró una ronda de enérgicos aplausos. Volkov pareció perplejo por un momento y después, como un buen comunista, se unió al aplauso.



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