Al cumplir sus sesenta y ocho años, la URSS trajo a la luz a un nativo del corazón de sus tierras, un hombre con una mancha que llevaría a su país a su casi incruenta disolución.

Esta no es la historia de este hombre, ni la historia de la URSS. Lo que sigue no es más que un párrafo en la historia de diez mil páginas de esa nación, dos semanas de las vidas de algunos hombres y mujeres, algunos soviéticos y otros norteamericanos.

Al comienzo de esta historia, en una noche templada de agosto de 1991, políticos de la derecha y de la izquierda están acosando al abrumado presidente soviético. La nación se tambalea ante el embate de huelgas, manifestaciones, renuncias. Hay hambre en las provincias y traición en Moscú. La Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, tan insensible, tan acorazada, como una persona que ha vivido tras frentes y frentes de máscaras y protecciones, se está resquebrajando y queda expuesta a lo largo de cientos de fallas subterráneas.

Una de esas fallas pasa por Vostok, un centro industrial situado a novecientos kilómetros de Moscú, una fuente industrial de humo. En Vostok, en esta templada noche de agosto, Nikolai Filipovich Malov, patriota, se encuentra frente a una ventana oscura en el ultimo piso de la sede del Partido y observa una plaza con una estatua de Lenin en su centro Lenin enfrenta la calle con un brazo extendido (según algunos le hace señas a alguno de los reconocidamente renuentes taxis de Vostok), y entre su espalda y la sede del Partido bulle un grupo de setenta u ochenta trabajadores enarbolando banderas y pancartas y un tosco crucifijo armado con dos maderos de dos por cuatro Fuera del perímetro de esta muchedumbre cinco hombres y una mujer están sentados sobre una lona alquitranada cumpliendo una huelga de hambre



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