
– Hey, perdonadme -dijo Rose con cautela, mirándolos-. ¿Puedo participar en la conversación?
– Por supuesto -Marcus frunció el ceño y Ruby lo miró con los ojos muy abiertos. La chica no era una víctima, después de todo.
– Tiene que verme -dijo Ros-. Tengo una cita.
– Una cita con Charles no significa nada si él ve que existe la posibilidad de que no puedas pagarle -afirmó Marcus-, Y pagarte bien.
– Tiene que verme -repitió ella-. Es mi primo.
Se hizo el silencio mientras digerían la información.
– ¿Charles Higgins es su primo? -preguntó Ruby, y Rose asintió. La chica no parecía muy satisfecha. De hecho, parecía preferir que ese parentesco no existiera.
– Lo es. Mala suerte.
– ¿Y tienes que concertar una cita para verlo? -Marcus no entendía nada.
– Sí.
– Se le está haciendo muy tarde, señor Benson -dijo Ruby, pero Marcus ya había oído bastante.
Marcus odiaba a Charles Higgins. Era un hombre sin escrúpulos. Sus asociados y él habían alquilado varios despachos en el edificio aprovechando que Marcus había estado fuera, en Europa. A Marcus le había molestado muchísimo que le concedieran un contrato de doce meses, y a la menor oportunidad estaba dispuesto a echarlo. Estaba pensando en cómo conseguirlo, pero mientras tanto… La chica no lograría nada. Lo sabía. Y Ruby también lo sabía; podía leerlo en su cara.
Así que lo mejor que podía hacer por Rose era curarla, alimentarla y llevarla al alojamiento que tuviera. Pero…
La había herido. Había dificultado su vida cuando ésta ya era casi imposible. Había desesperación en los ojos de Rose. Conocía lo suficiente a Charles Higgins como para saber que iba a exprimir a la chica. Ella estaba sola y él le había hecho daño. Rose esperaba que le dijera a su ayudante que se encargara de ella, desentendiéndose. Pero demonios, no podía hacerlo.
