
– Si tienes que enfrentarte a Charles, entonces necesitas ayuda -dijo Marcus, y Ruby asintió.
– Siga su consejo, señorita. ¿Es australiana?
– Sí, pero…
– Si yo estuviera en Australia, seguiría su consejo, porque estaríamos en su territorio-afirmó Ruby-. Pero estamos en la América de los negocios, y no hay nadie mejor en ese terreno que Marcus Benson. Póngase en manos de un experto.
– No quiero estar en manos de nadie.
– ¿Realmente crees que puedes conseguir lo que quieres sin mí? -pregunto Marcus.
– Sinceramente…
– Sinceramente, ¿qué?
– Sinceramente, no creo que pueda lograrlo de ninguna manera -admitió ella-. Fue una estupidez venir, pero tenía que intentarlo.
– Pero si has hecho todo este camino -dijo Marcus con un tono más amable-, ¿por qué no aprovechas la mejor oportunidad que se te ofrece? Acepta mi consejo.
– ¿Cuál? ¿Ponerme en tus manos?
– Eso es.
Lo miró a los ojos, confundida, y volvió a bajar la mirada. Sorprendentemente, sus ojos estaban brillantes y en ellos se adivinaba el desafío. Levantó la barbilla con orgullo. Podía parecer desvalida, pero desde luego, no actuaba como tal. Tenía temple, pensó Marcus con admiración. Y valor. Y también parecía saber cuando tenía que ceder.
– De acuerdo -dijo Rose tragando saliva-. De acuerdo.
Ruby sonrió. Parecía estar disfrutando mucho con todo aquello.
– Haga exactamente lo que le diga el señor Benson.
– No soy muy buena haciendo lo que me digan que haga.
– Entonces sea discreta -le dijo Ruby-. Puede que sea bueno para los dos. Muy bien, me voy a salvar su trato, señor Benson, mientras ustedes se enfrentan con el terrible Charles. No me gustaría estar en su piel Buena suerte.
– ¿La contrataste tú? -preguntó Rose mientras Ruby desaparecía escaleras abajo, agitando una mano para despedirse. Aquella mañana Ruby había acudido al trabajo con aspecto cansado, pero en ese momento bajaba las escaleras de incendios con energía.
