
– Puede.
– Además, de todas formas vamos a emergencias, por si te da un infarto con el esfuerzo.
– Exacto -contestó Marcus débilmente, y la apretó un poco más contra su cuerpo-. Exacto.
Ella le tenía intrigado, y la reacción que tuvo al ver su coche también lo intrigó. Robert, el chófer, estaba esperando en la calle. Seguramente lo habría avisado Ruby, porque no mostró ninguna emoción al ver llegar a Marcus con Rose en brazos. Cuando llegaron al coche, la puerta trasera ya estaba abierta.
Sin embargo, Rose no parecía dispuesta a subirse a una limusina negra con cristales tintados.
– Oye, no voy a meterme ahí dentro.
– Pareces una pueblerina -le dijo Marcus.
– Sí, y tú pareces… un mañoso. Chóferes, limusinas, cristales tintados… ¡por el amor de Dios!
– Tienen que estar tintados. Trabajo en este coche.
– Muy bien -ella dudó, pero quitó los brazos de alrededor del cuello de Marcus. Al hacerlo, sintió una extraña sensación de pérdida. Se había agarrado a él por seguridad, pero se había sentido… bien-. Nadie puede ver el interior. ¿Y quién me dice que si me meto en este coche no voy a acabar muerta?
– Robert, ayúdame a meterla en el coche… a la fuerza, si es necesario -le dijo Marcus al chófer-. Y abre las malditas ventanillas. La mafia… ¡Dios santo!
Allí estaban, en una clínica que ofrecía un servicio personalizado al que sólo podían acceder los ricachones de Nueva York. Rose estaba totalmente sorprendida.
– ¿Vienes aquí y alguien te ve? ¿Sin más? -estaban esperando para entrar a rayos X, sentados en lujosos sillones de cuero.
– Claro.
– No hay nada claro en esto -respondió ella-. Si hubiera tenido esto cuando Hattie… -Rose tomó aire-. ¿Charles Higgins podría permitirse todo esto?
– Teniendo en cuenta el alquiler que paga, yo diría que sí.
