
¿Qué había hecho? Había ido demasiado deprisa. Pero no había suficientes horas en el día para Marcus Benson. Había gente esperándolo. Bueno, tendrían que seguir esperando, porque acababa de tirar por la escalera a una chica. Aunque a él le pareció una eternidad, sólo pasaron unos segundos mientras ella resbalaba, e inmediatamente después Marcus se puso a su lado y le apartó los rizos de la cara para ver si estaba herida.
Entonces se dio cuenta de que no era una vagabunda. Estaba limpia. Se había manchado la ropa con el batido y lo que quedaba del bocadillo, pero su cabello estaba cuidado y era suave. Su ropa parecía recién lavada y ella, a pesar del desastre, era… ¿guapa? Sí, definitivamente era guapa. Y no era ninguna niña.
Marcus pensó que tendría unos veinte años. Tenía los ojos cerrados, aunque no parecía estar inconsciente. Más bien daba la impresión de estar agotada. Tenía ojeras y estaba muy delgada. Demasiado delgada.
Marcus confirmó su primera impresión: era Cenicienta.
Ella abrió los ojos. Eran unos enormes ojos verdes que reflejaban sorpresa y dolor.
– No te muevas -dijo él mientras observaba atentamente su rostro.
– Ay-susurró la chica.
– ¿Ay?
– Sí -confirmó ella. La tensión que había en su voz demostraba que, aunque estaba quitándole importancia, realmente le dolía. No se movió; simplemente se quedó tumbada en el rellano, como si intentara aceptar los hechos-. Supongo que he derramado el batido. Vaya.
– Hmmm -él bajó la vista hacia el siguiente tramo de escaleras-. Sí, así es.
– ¿Y el bocadillo?
Tenía acento australiano, pensó Marcus. Su voz era cálida y vibrante, y temblaba un poco, tal vez por la sorpresa o el dolor. Pero estaba preocupada por el bocadillo, y Marcus sonrió, pensando que si ésas eran sus preocupaciones, no estaría malherida.
