– Supongo que ya habrá llegado la calle -dijo él.

– Genial. Seguro que hasta salgo en los periódicos por golpear a algún transeúnte con él.

– Oye -Marcus Benson que nunca se involucraba en nada, le puso una mano en la mejilla para tranquilizarla. La había tirado por las escaleras, le había arruinado la comida y le había hecho daño. Pero ella aún tenía ánimos para hacer una broma-. Si alguien tiene que salir en los periódicos, ése soy yo, por haberte tirado por la escalera.

Ella abrió un ojo y lo miró con precaución.

– ¿Quieres decir que puedo demandarte?

– A menos, por lo que vale el bocadillo -le dijo Marcus, logrando que ella sonriera.

Tenía una sonrisa preciosa. Impresionante. Y los ojos le brillaban. Tal vez no tuviera veinte años, pensó Marcus. Tal vez fuera mayor. Una sonrisa como aquélla requería mucha práctica.

Pero no debería estar pensando en la sonrisa de una mujer, Tenía prisa. Por eso había usado la escalera de incendios, porque todo el mundo había decidido usar el ascensor en el momento más inoportuno, colapsándolo. Su ayudante estaría esperándolo en la calle, mirando el reloj. Tenía que cerrar un trato. Pero no podía dejar a la mujer allí, así que agarró su teléfono móvil.

– ¿Ruby? -dijo en cuanto su ayudante contestó.

– Marcus -era un día muy ajetreado, incluso para una ayudante tan eficiente como Ruby, cuya voz ya reflejaba preocupación-. ¿Dónde estás?

– Estoy en la escalera de incendios. ¿Puedes subir, por favor? Tengo un problema.

Guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta, intentando no hacer una mueca. Ruby era muy eficiente, pero un problema en la escalera de incendios era algo inusual, incluso para su ayudante.

«Ella se hará cargo», pensó. Ruby siempre lo hacía. Pero hasta que llegaran refuerzos tenía que concentrarse en la chica.



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