
– He apuntado sus datos. No soy estúpido.
Ruby estudió el papel.
– Rose O'Shannassy. Veintiséis años. Australiana -leyó.
– Eso es -contestó Marcus-. Necesita que yo haga esto -Ruby dejó de leer y lo miró fijamente.
– ¿Tiene problemas?
– Sí.
– ¿Quieres contármelo?
Marcus suspiró, sabiendo que no tenía ningún sentido permanecer callado. Le contó a Ruby brevemente lo que pasaba y, cuando hubo terminado, la expresión de su ayudante había cambiado por completo. Ya no había ni rastro de la risa. Ruby estaba decidida a ayudar.
– Necesitarás un buen acuerdo prematrimonial -le dijo.
– ¿Puedes ocuparte de ello? -preguntó Marcus.
– Por supuesto. Pero sabes que Charles no se quedará de brazos cruzados, sobre todo si hay dinero de por medio.
– Supongo que no.
– Hablaré con nuestros abogados -dijo Ruby-. Y haré que nos envíen por fax esta tarde una copia del testamento.
– Bien.
Entonces ella pareció dudar.
– Marcus… Aquí está la dirección de Rose.
– Sí, le dije que la anotara por si necesitabas que rellenara algunos papeles.
– Mmm -volvió a mirar el papel y observó a Marcus con cautela-. ¿Sabes dónde se aloja?
– No importa, la boda es sólo una formalidad. Donde viva es asunto suyo.
– Muy bien. Pero es que… conozco ese hotel. Un vecino tenía un amigo de Canadá que se quedó allí una noche. Es el hotel más barato de la ciudad, pero se lo robaron absolutamente todo.
Marcus tomó el papel de manos de Ruby y leyó la dirección.
– ¿Puedes arreglarlo?
– ¿Cómo? ¿Me presento allí y le digo que quieres que se mude?
– Supongo que no -sabía que las cosas no funcionaban así con Rose-. Tengo que irme -dijo finalmente, y Ruby asintió.
– Marcus Benson al rescate. ¡Buena suerte!
Cuando Robert la dejó en el hotel, Rose estaba exhausta. Se dejó caer en el duro colchón e intentó dormir. Pero, a pesar de no haber dormido casi nada y de los calmantes que le habían dado los médicos, no pudo conciliar el sueño. No era por el ruido, ya que llevaba una semana en aquel lugar y se había acostumbrado a la cacofonía. Tampoco estaba preocupada por su seguridad, porque no tenía nada que le pudieran robar. Llevaba el pasaporte y el billete de avión en un cinturón interior, pegado a la piel, y no tema nada más.
