
– ¿Estás herida? -te preguntó. Ella lo estaba mirando fijamente con los ojos muy abiertos. Se había movido un poco y Marcus pudo ver un pegote de jalea, que se había escapado del bocadillo, en sus rizos, cerca de una oreja. Sintió un deseo casi irreprimible de limpiárselo…
«Contrólate, Benson». Aquello se estaba convirtiendo en algo personal, y él nunca se involucraba en asuntos personales. Para esas cosas estaba Ruby.
– Gracias por preguntar -dijo ella educadamente-, pero estoy bien. Puedes irte.
Marcus parpadeo, algo sorprendido.
– ¿Puedo irme?
– Tienes prisa, y yo estaba en medio. Me has tirado el bocadillo, me has derramado el batido y me has techo daño en el tobillo, pero es culpa mía. Yo…
– ¿Te he hecho daño en el tobillo?
– Sí -contestó ella con dignidad-. Eso parece.
Marcus la miró de arriba abajo. Tenía unas piernas largas, bronceadas y aparentemente suaves. Eran unas piernas fantásticas, y resultaba un poco incongruente que terminaran en unas estropeadas sandalias de cuero que parecían sacadas de una tienda de tercera mano. Pero el calzado no era lo único discordante; uno de tos tobillos se estaba hinchando por momentos.
– Diablos -dijo Marcus.
– Oye, soy yo quien debería decir eso. ¿Porgué no te vas para que pueda hacerlo?
– Por mí no te cortes.
– Una dama no dice palabrotas delante de un caballero -contestó ella, elevando el tobillo para podérselo ver. Hizo una mueca de dolor y volvió a dejarlo en el suelo, con cuidado-. Puede que yo no sea una dama, pero por el traje que llevas, está claro que tu sí eres un caballero.
Él se miró su traje de Armani. «Ponte un traje caro y ya eres un caballero», pensó. Aunque tirara chicas por las escaleras.
– Lo siento mucho -le dijo. Ella asintió, como si estuviera esperando la disculpa.
– Me preguntaba cuánto tardarías en decirlo.
