
– ¿Tenías una cita?
– Esta mañana a las diez. Hace tres horas. Atila no hacía más que ponerme excusas para no dejarme pasar. Al final me entró tanta hambre que saqué la comida, y ella me dijo que tenía que comer aquí fuera. Entonces apareciste tú.
Aquello tenía sentido. La secretaria de Higgins, una mujer de edad indefinida y pecho enorme, tenía fama de ser aún más desagradable que su jefe.
– Tal vez… -era una conversación absurda. En cualquier momento Ruby llegaría y lo rescataría, pero mientras tanto tal vez podría darle algunos consejos a la chica-. Tal vez unos pantalones cortos, una camiseta y sandalias piojosas no sea el mejor atuendo para hablar con un poderoso abogado de Nueva York.
– ¿Estás diciendo que mis sandalias son piojosas? -preguntó ella mientras se tocaba el tobillo de nuevo y hacía otra mueca de dolor.
– Sí -dijo Marcus con firmeza, y casi consiguió que la chica sonriera de nuevo. Casi. Seguro que el tobillo le dolía bastante. Pero ¿dónde demonios estaba Ruby?-. En realidad, «piojosas» es un adjetivo bastante agradable para describirlas.
– Son de mi tía.
– ¿Y…?
– Que está muerta -contestó la chica, como si aquello lo explicara todo.
– Ah -respondió Marcus, y entonces sí que consiguió la sonrisa.
Merecía la pena trabajar por esa sonrisa. Era maravillosa.
– También traje ropa más apropiada -dijo ella-. No soy tonta. Provengo de Australia. Vine rápidamente porque mi tía se estaba muriendo, aunque me dio tiempo a meter ropa decente en la maleta. Desafortunadamente, mi equipaje ha debido de perderse y alguien se estará poniendo ahora el traje con el que tenía que ver a Charles. Lo que llevo puesto es lo único que tengo.
– ¿Y no pensaste en comprar algo más? -preguntó él, y enseguida vio que había sido un error. A pesar de todo lo que le había hecho, la chica había reaccionado con humor. Sin embargo, en ese momento le echó una mirada furiosa.
