– ¿Señor Benson?-dijo Ruby a sus espaldas. Era su fría y eficiente ayudante, en cuyas manos Marcus dejaba los problemas personales-. ¿Hay algún problema, señor Benson? ¿En qué puedo ayudarlo?

Ruby era maravillosa, la respuesta a las oraciones de Marcus. Era una afroamericana que ya había pasado los cuarenta años, corpulenta y bien vestida. Tenía el aire de ser la madre o la tía de alguien, aunque no era ninguna de las dos cosas.

Tampoco tenía los estudios propios de una secretaria. Siete u ocho años atrás, cuando Marcus la había descubierto por casualidad, ella era una empleada más en el enorme imperio financiero Benson. Marcus estaba intentando manejar a una delegación japonesa, a un equipo de abogados sedientos de sangre y a un grupo de periodistas y fotógrafos de la revista Celebrity-Plus. La que era su secretaria altamente cualificada había sucumbido a la presión.

Desesperado, Marcus había salido de su despacho y había preguntado por alguien, ¡cualquiera!, que hablara mi poquito de japonés. Para su asombro, vio que Ruby se ponía de pie. Había estudiado algo de japonés en un curso nocturno, le dijo. Aunque Marcus pensó que no podría esperar mucho de ella, en veinte minutos Ruby tenía encantados a los delegados japoneses, había organizado un almuerzo, había repartido vales entre los periodistas para un exclusivo pub cercano a la oficina y tomaba notas tranquilamente mientras Marcus hacía frente a tos abogados. Incluso hizo una lista de prioridades cuando él comenzó a estar desbordado.

Las prioridades de Ruby siempre eran acertadas, tanto que Marcus nunca había necesitado otra ayudante. Ruby hacía las cosas con tranquilidad. Era imperturbable, y valía millones. Mucho más que millones. Con una sola mirada a Rose, supo lo que Marcus quería y se puso manos a la obra.

– Si el señor Benson la ha herido, haremos todo lo que podamos por solucionarlo -le dijo-. El señor Benson tiene una cita a la que no puede faltar, pero yo puedo ayudarla.



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