
– Quería marcharme de la ciudad.
– Pues supongo que sabrás que esto no van a ser unas vacaciones precisamente. Además de los tres o cuatro granjeros de la zona, te encontrarás con familias muy pobres y con necesidades que deberían haber sido atendidas hace años.
– No me importa. Quiero estar ocupado.
Ella lo miró, pero, para su sorpresa, no le hizo más preguntas. Quizá porque no quería que las hiciera él. Algo en su expresión le decía que, a pesar de las bromas, aquella mujer tenía problemas. Problemas graves.
Algo que un buen médico rural debería reconocer.
Pero no, él no era un médico rural; era cirujano y estaba allí para concentrarse en problemas menores y derivar los demás al hospital más cercano.
Y ahora tenía que pensar en una cadera rota.
Cuando llegaron a la granja de Óscar Bentley, que parecía un desguace lleno de coches viejos, cinco o seis perros flacos se acercaron ladrando furiosamente a la verja.
– Soy un chico de ciudad -suspiró Fergus, después de parar el Land Rover-. No estoy acostumbrado a esto.
Ginny se bajó del coche y se acercó a la verja.
– ¡Callaos! -gritó, con una voz que podría haberse oído en otro estado. Y los perros dejaron de ladrar como si les hubiera echado un cubo de agua fría.
Ella, con una sonrisa en los labios, se sacudió las manos como si hubiera terminado una gran tarea.
– Ya puedes bajar. He matado a los dragones. Y te he devuelto el favor. Tú me rescataste y yo te he rescatado a ti. Estamos en paz.
– Gracias.
– ¿Oiga? -oyeron entonces una voz desde el interior de la casa-. ¿Es el puñetero médico? Ya era hora. Uno podría morirse… -la voz se rompió y el hombre empezó a toser.
– Vamos a ver al paciente -suspiró Ginny.
¿Quién era el médico allí? Confuso, Fergus no tuvo más remedio que seguirla.
Óscar Bentley era un hombre enorme. O, más bien, obeso. Quizá el problema no era una cadera rota, pero tenía problemas en cualquier caso. Parecía una ballena varada, tirado en el suelo de la cocina… con una lata de cerveza a su lado.
