– Hola, Óscar -lo saludó Ginny-. El doctor Reynard me ha dicho que te has roto una cadera.

El hombre cerró los ojos. Parecía querer protestar, pero no tenía fuerzas para hacerlo.

– Tú eres de la familia Viental. ¿Qué haces aquí?

– Soy Ginny -dijo ella, tomando la muñeca del hombre y mirando el reloj para sorpresa de Fergus. ¿Tenía estudios de medicina?

– Una Viental -repitió Óscar-. ¿Qué demonios haces en mi propiedad? ¿Por qué no estás muerta como los demás?

– Estoy ayudando al doctor Reynard. Además, he estado echando un vistazo a los animales que pastan en mis tierras. Tus ovejas llevan semanas allí y al menos seis han muerto al parir. Nadie se ha ocupado de ellas.

– Métete en tus asuntos. No he llamado al doctor Reynard para que me diera una charla y tampoco te he llamado a ti. No quiero a una Viental en mis tierras.

– Has llamado al doctor Reynard para que te ayudase y no creo que pueda hacerlo… a menos que llame a una grúa.

– Vamos a comprobar esa cadera -intervino Fergus entonces.

– Óscar tiene asma. No hace nada y espera hasta que le da un ataque para que lo lleven al hospital. Lleva veinte años haciendo lo mismo -Ginny miró alrededor e hizo una mueca-. Aunque, por lo que veo, quizá habría que pensar en una residencia.

Tenía razón. La cocina estaba asquerosa. Pero ingresar a un paciente en una residencia no era responsabilidad de Fergus.

– La cadera -repitió, intentando retomar el control de la situación.

– Sí, la cadera, ya -Ginny se sentó en el suelo y puso una mano sobre la cadera de Óscar Bentley-. ¿Te duele?

El hombre no parecía saber cómo reaccionar.

– ¡Ay! -gritó por fin. Pero lo hizo un segundo demasiado tarde.

– ¿Te importaría apartarte? El médico soy yo -protestó Fergus.



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