– No tengo ni idea -respondió su anestesista, Graham-. Tasmania está en las montañas Cradle. ¿Eso está cerca?

– Aparentemente, no. Tiene un código de Nueva Gales del Sur.

– Entonces, ni idea.

– ¿Nadie lo sabe? -insistió Fergus. Como respuesta, cuatro personas negaron con la cabeza-. Estupendo -dijo entonces, trazando un círculo alrededor del anuncio-. Entonces, allí es adonde pienso ir.


* * *

Ginny recibió la llamada a las dos de la mañana. Sabía que iba a llegar tarde o temprano, pero seguía sin estar preparada.

Richard la llamaba desde el hospital. No había querido que fuese a verlo y había esperado hasta aquel momento para llamar.

Pero era comprensible. ¿Dónde iba a encontrar valor para enfrentarse a una noticia como, aquélla?

– No pueden hacerme otro transplante -le dijo, con el tono de alguien que se ha rendido-. Los especialistas dicen que no hay ninguna esperanza de que salga bien.

– Sí, ya me lo imaginaba -murmuró ella-. Como no me has llamado hasta ahora, imaginé que habría malas noticias. Richard, lo siento. Voy a verte ahora mismo…

– No, ahora no.

– ¿Qué estás haciendo?

– Mirar el techo. Preguntarme qué voy a hacer. Y si tengo derecho a pedir…

– ¿Pedir qué?

– Ginny, quiero irme a casa. A Cradle Lake.

Ella contuvo el aliento. Hacía años que no iba allí.

Richard se había referido a Cradle Lake como su casa. Pero no lo era para Ginny.

– En Cradle Lake no hay un hospital decente. Creo que ni siquiera hay médico.

– Tener una hermana médico tiene que valer de algo. Tú puedes hacer lo que sea necesario.

– No sé si podría…

– ¿No puedes evitarme el dolor?

Sólo había una respuesta para eso. La cuestión médica no era lo importante y Ginny no dudaba de su habilidad profesional.

– Sí, claro que puedo.

– Entonces…

– Richard, la casa… hace años que no vamos por allí.



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