
– ¿Qué pasa si quiero levantarme?
– Inténtelo si quiere. Pero me temo que está atrapado. Como yo.
– ¡Ginny! -Miriam la llamó entonces desde el pasillo-. Fergus te necesita.
– Tengo que irme, Óscar. Quédese tranquilo. Es una orden.
– Necesito un médico…
– Ya lo ha tenido. Relájese e intente dormir.
– Piérdase -le espetó él. Y luego soltó una palabrota.
Ginny se volvió, con una sonrisa en los labios. Si tenía fuerzas para decir palabrotas no iba a morirse.
En cuanto salió al pasillo sintió la típica subida de adrenalina. Echaba de menos su trabajo.
Quizá podría ayudar a Fergus… algún día, de vez en cuando.
¿Qué clase de hombre sería Fergus Reynard?
– Peligroso -murmuró para sí misma, mientras abría la puerta de la UCI.
Aunque no sabía por qué había pensado eso. Fergus era alto, guapo y parecía un poco… ¿cansado? Tenía el pelo castaño, un poco demasiado largo. Necesitaba pasarse un peine. Quizá se peinaba con los dedos, pensó tontamente. Sus ojos grises tenían un brillo de humor y simpatía. No era mucho mayor que ella.
Y parecía muy agradable.
Definitivamente era peligroso y ella no tenía tiempo para eso.
Ni inclinación. Nunca más.
Capítulo 3
Esa fue la última oportunidad que tuvo Ginny de pensar en cuestiones personales durante horas.
En cuanto abrió las puertas de la UCI entendió por qué los chicos de la ambulancia no habían tenido tiempo de contestar a las llamadas por radio. Había una mujer en la camilla y estaba inconsciente. Debía de tener veinticinco o treinta años, vestida con vaqueros, camiseta y sandalias. El pelo largo, rubio, caía alrededor de su rostro exangüe y Ginny se dio cuenta enseguida de que la pobre chica estaba luchando por su vida.
O quizá ya había perdido la batalla.
– Mamá…
Uno de los camilleros llevaba en brazos a una niña de unos cuatro años, deshecha en lágrimas. Su pelito rubio estaba recogido por un lazo rojo con elefantes azules, pero el lazo estaba tan sucio como la camiseta que llevaba. La pobre niña iba descalza y le sangraban los pies…
