
¿Por qué estaba tumbada en medio del camino? Fergus bajó del Land Rover de un salto, temiendo lo peor. ¿Habría sufrido un accidente? ¿Habría…?
– Por fin -murmuró ella cuando tocó su hombro-. Sea usted quien sea, ¿puede agarrarlo de la otra oreja?
– ¿Eh?
– La oreja -repitió ella-. No me llega el brazo. Puedo agarrar una oreja, pero la otra no. Llevo media hora tirada aquí esperando que terminase el partido para ver si aparecía alguien y si cree que voy a soltarlo ahora, se equivoca.
Fergus miró a la mujer, perplejo. Entonces se dio cuenta de que debajo de ella había una especie de grieta en el barro y dentro de la grieta… ¿un corderito?
Ah, claro. Los ganaderos de la zona hacían esos agujeros en los caminos para evitar que el ganado pasara de una finca a otra. Una oveja o una vaca habrían saltado sin problemas, pero el corderito se había caído dentro.
– Podría haberla atropellado -protestó Fergus-. ¿Está usted loca?
– Nadie conduce a toda velocidad por aquí… a menos que esté mal de la cabeza. Los conductores sensatos pasan muy despacio por esta zona. Hay animales, ¿sabe?
Eso lo ponía en su sitio, sí.
– ¿Piensa quedarse ahí mirando?
– ¿Qué quiere que haga?
– Que lo agarre de la otra oreja a ver si podemos sacarlo.
– ¿Quiere que tire de él?
– Ésa es la idea, Einstein.
– Oiga, no hace falta que…
– Que me ponga antipática, ya lo sé. Pero es que es usted un poquito lento -lo interrumpió la chica.
Fergus intentó meter la mano en el agujero, pero no era tarea fácil. Sus músculos, trabajados en el gimnasio durante años, no valían de nada en ese momento. Al contrario, eran un estorbo. Podía meter el brazo hasta el codo, pero después le resultaba casi imposible. Incluso haciéndose daño, sólo podía rozar la cabeza del animal.
