– No lo suelte -le advirtió, limpiándose el barro de la cara.

– No sabe cómo lo siento -sonrió la chica, que no parecía sentirlo en absoluto.

– No se preocupe. Pero llévese esa cosa.

– No tengo coche -dijo ella que, sin soltar al cordero, se levantó y le ofreció su mano. Fergus la aceptó y descubrió que era sorprendentemente fuerte. Pero cuando se puso en pie, de repente estaban… demasiado cerca.

– Estoy muy lejos de casa -estaba diciendo la chica. Pero Fergus no podía oír lo que decía.

– ¿Y? -preguntó, desconcertado. El roce de su mano… Sí, estaba desconcertado.

Ella, sin embargo, no parecía darse cuenta.

– Su madre y él tienen que volver al corral. ¿No ha visto a su madre? -le preguntó, señalando a una oveja que pastaba tranquilamente al borde del camino.

– ¿Y cómo sabe cuál es su corral?

– No sé si podré llevar a una oveja hasta la casa. Las ovejas no son vacas, ¿sabe? Puede que me siga o no -la chica miró su Land Rover-. ¿Podría llevarme a la granja Bentley?

– ¿A la granja de Oscar Bentley?

– Sí -contestó ella, poniendo el cordero en sus brazos-. Muévalo, así… para que la madre lo mire a usted y no a mí.

– Oiga, tengo que irme -empezó a decir Fergus. Un cordero perdido era urgente, pero una cadera rota mucho más.

– No hasta que agarremos a la madre -replicó ella, antes de desaparecer detrás de un árbol.

Fergus se dio cuenta entonces de lo que estaba haciendo: lo estaba usando como distracción. Suspirando, llevó al cordero hacia su madre. La oveja dio un paso adelante y, cuando estaba despistada, la chica se lanzó sobre ella con un salto que nada tenía que envidiar al de Fergus. La oveja era grande, pero ella la sujetaba por la cabeza y las patas delanteras.



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