
Era una maniobra sorprendente. Decir que Fergus estaba impresionado era decir poco.
– Meta al cordero en el Land Rover y dé marcha atrás -le ordenó.
– Oiga…
– No puedo quedarme aquí para siempre. Vamos, muévase.
Fergus se movió. Estaba a punto de meter a una oveja en la parte trasera de un Land Rover médico, el que usaba para llevar enfermos a la clínica de Cradle Lake. Muy bien. Desde hacía dos días era un médico rural y eso era lo que hacían los médicos rurales, ¿no?
Desde luego, ese médico rural no tenía alternativa.
De modo que apartó como pudo el instrumental médico y lo tapó con una tela. Miriam, su enfermera, había puesto allí una tela gruesa… quizá porque sabía que, tarde o temprano, tendría que trasladar ovejas.
Desde luego, Miriam sabía más que él sobre la vida en el campo.
En realidad, cualquiera sabría más que él sobre la vida en el campo. Fergus colocó al corderito en la parte de atrás, pero el pobre empezó a balar, atemorizado. De modo que volvió a tomarlo en brazos y se colocó tras el volante con el animal sobre las rodillas.
– Y contrólate -le advirtió-. Ya me he manchado suficiente por tu culpa. Orina en el asiento y te convierto en chuletas.
Meter a la oveja en la parte de atrás no fue tarea fácil. Al animal no le gustaba nada la idea, pero la chica parecía acostumbrada a ese tipo de cosas. La empujó y la empujó y, después de muchas protestas, la oveja estaba en el Land Rover.
– Yo puedo llevarla a la granja de Bentley. Iba hacia allí -dijo Fergus.
– ¿Va a la granja de Bentley?
– Sí. Pero estoy un poco perdido.
– Vuelva por donde ha venido -dijo ella, poniéndose el cinturón de seguridad-. Yo puedo ir andando a casa desde allí. Gire a la izquierda después de pasar el puente.
– Eso es lo que hice antes y aquí estoy.
– ¿Ha venido por el camino de O'Donnell para ir a casa de Óscar?
– Es que no soy de aquí.
