
– Pero es usted el médico local, ¿no?
– Sólo de forma temporal. Estaré aquí tres meses. Fergus Reynard, para servirle.
– Ginny Viental.
– ¿Ginny?
– Guinevere.
– Encantado de conocerte, Ginny. ¿Vives por aquí?
– Solía vivir aquí, sí. He vuelto… durante un tiempo.
– ¿Tus padres viven aquí?
– Vivían aquí cuando era pequeña. Y yo también, hasta los diecisiete años.
Ahora no tenía diecisiete años, pensó Fergus, intentando averiguar su edad. Parecía joven, pero tenía arruguitas alrededor de los ojos, como si la vida no le hubiera resultado fácil.
– Óscar Bentley… -murmuró-. ¿Seguro que esta oveja es suya?
– Sí, seguro. Sus animales se meten continuamente en nuestra finca, pero tiene derechos de paso. Óscar era un granjero normal hasta hace quince años, pero ahora…
– Desde luego, el acceso a su granja no es precisamente fácil -murmuró Fergus.
– ¿Por qué te ha llamado? A menos que eso sea confidencial, claro.
– No es confidencial. Se ha roto una cadera.
– ¿Se ha roto una cadera?
– Eso cree él.
– Sí, seguro. Una cadera rota -repitió ella, irónica-. Seguro que estaba borracho y se ha caído al suelo. Y ahora quiere que alguien lo meta en la cama.
– ¿Lo conoces bien?
– Ya te he dicho que soy de aquí. Hace años que no veo a Óscar, pero no creo que haya cambiado.
– Si no vives aquí ahora, ¿dónde vives?
– ¿Quieres dejar de interrogarme? -contestó ella, con la cara medio escondida en la cabeza del corderito-. Odio el olor a lana mojada.
– Pues no pongas la nariz en su cabeza.
– Ah, buena receta -sonrió la chica. Y menuda sonrisa. Cuando las líneas de expresión alrededor de sus ojos se suavizaban era preciosa.
Definitivamente preciosa.
– ¿Por qué has pedido que te trasladasen aquí?
– Ya te he dicho que sólo es temporal.
– Nunca hemos tenido un médico por aquí.
