– Hay que llegar a la fuente -dijo.

– ¿Y la fuente está lejos?

El chico se encogió de hombros como ante una dificultad inesperada.

– La carrera de un perro -resumió al fin.

El viajero se echó a reír. Tenía una risa joven y muy simpática que le convertía, de repente, en un conocido.

– ¿Y tiene que ser de este pueblo el perro? -preguntó al tiempo que, riéndose, abría la portezuela del coche.

Se quedó esperando y el chico no entendía.

– Venga, hombre -aclaró-. Tú mismo nos vas a servir de perro, ¿quieres? Anda, sube.

El niño, que había perdido ya la timidez, no se hizo repetir aquella invitación tan clara y, una vez instalado en el asiento trasero, aunque sin atreverse a hundirse mucho, sacó la mano por la ventanilla, ya cuando el coche arrancaba, para decir adiós a sus amigos, que le vieron alejarse con envidia y admiración.

El túnel de castaños tiene cerca de dos kilómetros en línea recta y a ambos lados de él se desparraman en grupos y niveles asimétricos y separadas unas de otras por cercas, arboledas, huertos y pastizales, las casas de la aldea; pero como son pocas las que abren sus puertas a ras del camino y la espesura de los árboles dificulta al viajero que va en coche cerrado una composición de lugar amplia, resultó que cuando el chico dijo: "Aquí ya hay que pararse", el forastero, que había hecho además el trayecto con los ojos fijos en el cogote del chófer y sumido de improviso en un silencio que le hacía parecer ausente y preocupado, no sabía si habían atravesado ya el pueblo o no y se lo preguntó al niño como si saliera de un sueño. El niño le contestó que sí y que allí mismo era la fuente y que no podían pasar más allá, que ya sólo había cañadas para carros y bestias. Y que además allí, a mano derecha, tenía la verja de la casa por la que preguntaba.



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