
Nunca podría explicarle esto a nadie. Sería profundamente vergonzoso que un miembro de un par-natal quitara gloria a su otro-yo. Además, a Kiti le parecía justo. Por buena que hubiera sido una idea de Kiti, siempre se concretaba gracias a la valentía de kTi.
¿Por qué era así? Kiti no era cobarde, a fin de cuentas. ¿No acompañaba siempre a kTi en sus aventuras más audaces? ¿No era Kiti quien aguardaba temblando en una rama, fingiendo estar herido y aterrorizado, oyendo el rumor de una puerta-de-diablos que se abría en el tronco del árbol y el susurro de las patas de diablo que se acercaban por la rama? ¿Nadie comprendía que se requería mayor coraje para quedarse quieto, esperando, confiando en que kTi llegara a tiempo con su lanza? No, la historia que circulaba en la aldea hablaba sólo del atrevido plan de kTi, del triunfo de kTi sobre el diablo.
No debí enfadarme tanto, pensó Kiti. Por eso me arrebataron a mi otro-yo. Por eso, cuando la tormenta nos sorprendió en el descampado, Viento arrancó los pies y los dedos de kTi de la rama, y kTi fue llevado al cielo para volar con los dioses. Kiti no valía la pena, y había permanecido aferrado a la rama hasta que Viento se fue. Era como si Viento le dijera: Envidiabas a tu otro-yo, así que os he separado para mostrarte cuan poco vales sin él.
Por eso Kiti se proponía esculpir el rostro de su otro-yo. Y por eso mismo no pudo hacerlo. Pues para esculpir el rostro de kTi debía esculpir el suyo propio, y su profundo sentimiento de indignidad se lo impedía.
Pero tenía que esculpir algo. De su boca ya brotaba la saliva para humedecer la arcilla, para lamerla y alisarla, para dar una pátina lustrosa a la escultura concluida. Pero resultaría escandaloso no esculpir el rostro de su otro-yo tan poco después de la muerte de kTi. Sería interpretado como falta de afecto natural. Las damas pensarían que no amaba a su hermano, y no querrían su simiente en la familia. Sólo una simple mujer se le ofrecería. Y él, abrumado con la fiebre de la arcilla, aceptaría ese ofrecimiento como un joven ávido, y ella le daría hijos, y a partir de entonces él los miraría todos los años recordando que era padre de hijos tan ruines porque no había logrado esculpir el rostro de su amado kTi.
