
Yo lo amaba, insistió en silencio. Lo amaba con todo mi corazón. ¿Acaso no lo seguía a todas partes? ¿No le confié mi vida una y otra vez? ¿No lo salvé una y otra vez, cuando su impetuosidad lo ponía en peligro? Yo le dije que regresáramos, que venía una tormenta, tenemos que buscar refugio, qué importa si encontramos la senda-de-diablos en este vuelo o en el próximo, regresemos, regresemos, y él se negaba, me ignoraba como si yo no existiera, como si yo no fuera nada, como si ni siquiera pudiera optar por mi propia supervivencia y menos por la suya.
La arcilla húmeda se hinchaba y resbalaba en sus manos, pero no sólo estaba humedecida por la saliva sino por las lágrimas. Oh Viento, te llevaste a mi otro-yo, y ahora no encuentro su rostro en la arcilla. ¡Dame una forma, oh Viento, si soy digno! ¡Oh Maíz, si debo darte hijas que cuiden tus campos, brinda a mis dedos el conocimiento aunque mi mente sea obtusa! ¡Oh Lluvia, fluye con mi saliva y mis lágrimas e infunde vida a la arcilla que tocan mis manos! ¡Oh Tierra, madre ardiente, da sabiduría a mis huesos, pues algún día te pertenecerán de nuevo! ¡Permíteme traer otros huesos, huesos jóvenes, huesos hijos de tu arcilla, oh Tierra! ¡Déjame poner alas jóvenes en tus manos, oh Viento! ¡Déjame hacer nuevos granos de vida para ti, oh Maíz! ¡Déjame traer nuevos bebedores de agua, nuevos vertedores de lágrimas, nuevos escultores para que los saborees, oh Lluvia!
Pero a pesar de sus súplicas, los dioses no pusieron ninguna forma en sus manos.
Las lágrimas lo enceguecían. ¿Debía desistir? ¿Debía remontarse al cielo de la temporada seca, buscar una aldea lejana donde necesitaran un varón robusto y no regresar nunca a Da’aqebla? ¿O debía sumirse aún más en la desesperación? ¿Debía dejar la arcilla que tenía en las manos y quedarse en la ribera, para que los diablos que observaban vieran que no tenía ninguna escultura dentro de sí? Entonces lo arrastrarían a sus cuevas como a un bebé, y se lo comerían vivo, y en el momento de la agonía vería a la reina de los diablos devorándole el corazón.
