
Upua calló largo rato, caminando una y otra vez en torno a la escultura.
—¡El día es corto! —protestó una dama desde los árboles.
Upua la miró sobresaltada.
—Lo lamento —se disculpó—. Quería ver esto y recordarlo, porque los dioses nos han enviado un gran obsequio al permitirnos ver el rostro de los Antiguos.
Algunos se rieron de esto. ¿De veras creía que Kiti podía esculpir algo que nadie había visto?
Upua se volvió hacia Kiti, que estaba tan poseído por la fiebre de la arcilla que ansiaba arrojarse a sus pies para suplicar que le permitiera aparearse con ella.
—Cásate conmigo —dijo Upua. Sin duda Kiti había entendido mal.
—Cásate conmigo —repitió ella—. Sólo quiero hijos tuyos, desde ahora hasta que muera.
—Sí —aceptó él.
Ningún otro hombre había recibido semejante honor en mil años. ¿Que una dama de tanto prestigio le ofreciera matrimonio ante su primera escultura? Muchos de los demás, tanto damas como hombres, se escandalizaron.
—Pamplinas, dama Upua —dijo otra dama—.
Desprestigias la institución del matrimonio al ofrecerte a alguien tan joven, y por una escultura tan ridícula.
—Los dioses le han dado el rostro de un Antiguo. Bajad aquí y estudiad de nuevo esta escultura. Permaneceremos aquí por espacio de dos canciones, para que todos recordemos el rostro de los Antiguos y podamos enseñar a nuestros hijos lo que hemos visto hoy.
Y como era la dama que había ofrecido matrimonio y había sido aceptada, las demás tuvieron que complacerla por espacio de dos canciones. Estudiaron la cabeza del Antiguo, y Kiti y Upua entraron a formar parte de las leyendas de la aldea de Da’aqebla para siempre. También iniciaron su vida conyugal, y Kiti, que habría temblado ante la idea de ser esposo de una dama tan altanera, pronto descubriría que era una esposa tierna y afectuosa, y que ser su atento y protector esposo sólo le traería alegría. A veces echaría de menos a su otro-yo, pero nunca más pensaría que Viento lo había castigado no llevándolo al cielo con kTi.
