
Kiti sabía que la ejecución de su escultura era exquisita, y que sólo el tamaño era ya una osadía. Sentía hervir la fiebre de la arcilla en su interior, y todas las damas le parecían bellas. Veía con espanto la expresión escéptica de las damas, pues ansiaba que lo escogieran.
Al fin se rompió el silencio.
—¿Qué es esto? —susurró alguien. Kiti buscó la voz. Era Upua, una dama que nunca se había casado y que ni siquiera se había apareado durante años. Tenía fama de arrogante y exigente. Era previsible que esa dama lo interrogara frente a todos los demás.
—Creció bajo mis manos —explicó Kiti, sin atreverse a explicar qué era.
—Todos pensaban que honrarías a tu otro-yo —comentó otra dama, alentada por la desdeñosa pregunta de Upua.
La pregunta más difícil. No se atrevía a eludirla. ¿Se atrevería a decir la verdad?
—Era mi propósito, pero también era mi propio rostro, y mi rostro no era digno de ser esculpido en la arcilla.
Eso levantó murmullos. Algunas pensaban que era un motivo estúpido, otras que era un engaño, otras reflexionaron.
Al fin las damas llegaron a una decisión.
—No es para mí.
—Fea.
—Muy extraña.
—Interesante.
Tras hacer su comentario, echaban a volar, ascendiendo en círculos hacia las ramas de los árboles más cercanos. Los hombres, alentados por el total rechazo del talentoso Kiti, se elevaron con ellas.
Sólo Kiti y Upua quedaron en la ribera.
—Yo sé lo que es —dijo Upua. Kiti no se atrevió a responder.
—Es la cabeza de un Antiguo —insistió ella.
Su voz llegó a las damas y los hombres que estaban posados en las ramas. La oyeron, y muchos jadearon o silbaron de asombro.
—Sí, dama Upua —dijo Kiti, avergonzado de que pusieran en evidencia su arrogancia—. Pero me fue dada bajo mis manos. No era mi intención esculpir semejante cosa.
