
Durante un rato me dejé llevar con apatía por el blanco andén, hasta que se me ocurrió la idea de que tal vez ya estaba fuera de la estación y este paisaje inverosímil de cristal de diversas formas, que se elevaba constantemente como dispuesto a volar, era la propia ciudad, aunque la otra, la que había abandonado, seguramente sólo existía en mi memoria.
— Perdone — dije, dando una palmada al hombre de traje aterciopelado —, ¿dónde estamos?
Los dos me miraron. Sus rostros, levantados hacia mí, expresaban sorpresa. Abrigué la vaga esperanza de que la única causa fuese mi estatura.
— En el poliducto — contestó el hombre —. ¿Qué contacto tiene usted?
No comprendí absolutamente nada. — ¿Estamos…, estamos todavía en la estación? — Claro… — me respondió, aunque algo vacilante. — Y… ¿dónde se encuentra el Círculo Interior? — Ya lo ha pasado. Tendrá que repetir. — El mejor ráster lo encontrará en Merid — intervino entonces la mujer. Todos los ojos de su vestido parecían contemplarme con desconfiada sorpresa. — ¿Ráster? — repetí, desconcertado. — Sí, allí — dijo, indicando una elevación vacía, visible a través del círculo verde que se acercaba flotando; en los lados de la elevación había rayas plateadas y negras, como el fuselaje cómicamente pintado de una nave ladeada. Le di las gracias y salí del andén, pero por un punto equivocado, ya que la velocidad casi me paralizó las piernas. Me recuperé, recobré el equilibrio y di media vuelta de un modo que ya no sabía en qué dirección debía moverme. Reflexioné sobre lo que podía hacer. Entretanto, el lugar de mi trasbordo se había alejado bastante de la elevación plateada y negra que me indicara la mujer; ya no podía encontrarla. Como la mayoría de los transeúntes que me rodeaban se dirigían hacia un plano inclinado que conducía hacia arriba, yo les imité.
