Más abajo, en otras superficies, pasaban como una exhalación vehículos que yo no conocía — tal vez aviones —, ya que ascendían o descendían verticalmente y penetraban en el espacio de tal modo que yo temía instintivamente un pavoroso choque, pues no veía ningún cable, ningún carril, suponiendo que se tratara de transbordadores aéreos.

Cuando estos nebulosos huracanes de la velocidad se interrumpían por un solo instante, bajo ellos aparecían majestuosas y gigantescas plataformas atestadas de gente, como pistas de aterrizaje voladoras, que se movían en diferentes direcciones, se cruzaban, quedaban suspendidas, y por una ilusión de la perspectiva parecían traspasarse mutuamente. Era difícil fijar la vista en algo estable, porque toda la arquitectura del entorno daba la impresión de consistir exclusivamente en movimiento, en transformaciones. Incluso lo que al principio tomé por un techo flotante consistía en pisos colocados uno sobre otro. De pronto, en todas las curvas del interior del túnel por el que volábamos, en las facciones de la gente, filtrado a través de los techos de cristal y las enigmáticas columnas y reflejado por las superficies plateadas, se introdujo un resplandor púrpura, como si en algún lugar de la lejanía, en el centro de esta inmensa estructura, se hubiera producido una explosión atómica. El verde de las centelleantes luces de neón se hizo difuso, la leche de los soportes en forma de parábola se tiño de rosa. Contemplé esta invasión repentina de un resplandor rojo en el aire como indicio de una catástrofe. Pero nadie hizo el menor caso de este cambio, y ni yo mismo hubiera podido decir cuándo cesó.

En los bordes de nuestro andén aparecieron círculos verdes de veloz rotación, como anillos de neón suspendidos en el aire. Entonces una parte de la gente se dirigió hacia el desvío de otro andén o un plano inclinado; vi que podían cruzarse sin peligro las líneas verdes, como si no fueran materiales.



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