
CARLO FRABETTI
I
No llevaba nada, ni siquiera un abrigo. Dijeron que no era necesario. Me permitieron conservar el jersey negro, menos mal. Y logré quedarme con la camisa; pensaba que me costaría un poco acostumbrarme a prescindir de ella. En el mismo pasillo, bajo el casco de la nave, donde nos agolpábamos, Abs rne alargó la mano con una sonrisa de complicidad.
— Ten cuidado…
Ya había pensado en ello; no le estrujé la mano. Me sentía completamente tranquilo. El quiso decir algo más, pero se lo impedí dando media vuelta, como si no hubiese advertido nada, y subí los peldaños hacia el interior. La azafata me condujo entre los asientos hasta la parte delantera. Yo no quería ir en primera clase, y pensé que ya la habrían puesto al corriente. El asiento se abrió sin ruido. Ella me ajustó el respaldo, me sonrió y se fue. Tomé asiento. Cojines blandísimos, como en todas partes. Los respaldos eran tan altos que apenas podía ver a los otros pasajeros. Ahora ya aceptaba sin resistencia la policromía de los vestidos femeninos. Sin embargo, continuaba viendo insensatamente en los hombres un disfraz de carnaval y había esperado en secreto que aparecerían algunos con trajes normales; un reflejo necio. Todos se sentaron en seguida; ninguno llevaba equipaje, ni siquiera una cartera o un paquete. Las mujeres tampoco. De repente Rae pareció que éstas nos superaban en número, Delante de mí había dos mulatas con chaquetones de piel que imitaban las plumas del papagayo; debía de imperar la moda de los pájaros. Más allá, un matrimonio con un niño.
Después de los cegadores? elenóforos del andén y los túneles, después de la insoportable luz propia de las plantas callejeras, la luz del techo convexo parecía un resplandor suave.
