Coloqué las manos sobre las rodillas, pues en cierto modo me estorbaban. Ocho hileras de asientos grises, una fragancia de abetos, la quietud de conversaciones ahogadas. Esperé el anuncio del despegue, una señal cualquiera, la orden de colocarse el cinturón de seguridad. No ocurrió nada. Por el techo mate empezaron a pasar sombras confusas, parecidas a siluetas de pájaros de papel. «¿Qué diablos significan estos pájaros? — pensé, desconcertado —. ¿O no significan nada?» Estaba como petrificado en mi tensa atención, procurando no hacer nada incorrecto.

Aquello duraba ya cuatro días. Desde el primer momento. Siempre me quedaba rezagado frente a los acontecimientos, y la tentativa constante de comprender una situación o un diálogo fue transformando poco a poco mi tensión en un sentimiento que se parecía mucho a la desesperación. Estaba firmemente convencido de que los deriás sentían lo mismo. Pero no hablábamos de ello, ni siquiera cuando nos encontrábamos solos. Sólo hacíamos bromas sobre nuestro exceso de fuerza, y era cierto que debíamos tener mucho cuidado: al principio, cuando quería levantarme, saltaba hasta el techo, y todo lo que agarraba con la mano se me antojaba como de papel. Entonces aprendí bastante de prisa a controlar mi propio cuerpo. Al saludar ya no estrujaba la mano de nadie, aunque por desgracia esto era lo menos importante.

Mi vecino de la izquierda, corpulento, bronceado, de ojos un poco demasiado brillantes — tal vez llevaba lentes de contacto —, desapareció de pronto porque los lados de su asiento se ensancharon: los brazos se elevaron y se unieron hasta formar una especie de capullo en forma de huevo. Otros desaparecieron igualmente en cabinas similares, que recordaban sarcófagos esponjados. ¿Qué hacían allí dentro? Cada vez que mi mirada recaía en semejantes apariciones, intentaba — si no tenían que ver directamente conmigo — desviar la vista.



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