Walter amaba las flores. Y no sólo por su margen de beneficios. El amaba sus olores, los colores, las texturas, la belleza del follaje y la flor y el simple milagro de su existencia.

Cada mañana debía visitar a un puñado de floristas, controlar la existencia, los arreglos, y sólo olfatear y conversar y perder tiempo entre las flores y la gente que las amaba.

Dos veces a la semana se levantaba antes del amanecer para acudir a los mercados de jardinería fuera de la ciudad. Ahí podía vagar y entretenerse, hacer los pedidos o criticar.

Era una rutina que raramente variaba en el curso de un medio siglo, y de la que nunca se cansaba.

Hoy, después de una hora o más entre los macizos de flores, entró en las oficinas de su corporación. Le dedicó más tiempo de lo usual a los pedidos para darle a su esposa el tiempo y el espacio para terminar los preparativos de su propia fiesta de cumpleaños sorpresa.

Lanzó una risita al pensar en eso.

Su corazoncito no podría mantener un secreto a menos que le abrocharan los labios juntos. El había sabido de la fiesta por semanas, y estaba esperando la noche con el regocijo de un niño.

Naturalmente actuaría sorprendido y había incluso practicado expresiones atónitas en su espejo solo esta mañana.

Entonces Walter entró en su rutina diaria con una sonrisa en las esquinas de su boca sin tener idea de cómo iba a ser sorprendido.


Eve dudaba de haberse sentido mejor en su vida. Descansada, recargada, segura y liberada, se preparaba para su primer día de regreso al trabajo después de dos semanas de vacaciones maravillosamente libres de exigencias donde las más fastidiosas tareas que había enfrentado habían sido comer o dormir.

Una semana en la villa en México, la segunda en una isla privada. Y en ambos lugares no habían faltado oportunidades de sol, sexo y siestas.

Roarke había tenido razón otra vez. Ellos necesitaban un tiempo juntos. Fuera. Ambos necesitaban un período de descanso. Y si la forma en que se sentía esa mañana era alguna indicación, habían hecho su trabajo.



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