
Ella se paró frente a su guardarropas, frunciendo el ceño ante la jungla de ropas que había adquirido desde su casamiento. No quiso pensar que su confusión se debía al hecho de que había pasado la mayor parte de los últimos catorce días desnuda o casi. A menos que estuviera muy equivocada, el hombre había organizado poner disimuladamente más ropa en él.
Extrajo una larga falda azul en un tipo de material que parecía chisporrotear y destellar al mismo tiempo. -Había visto esto antes?
– Es tu guardarropas. -En el área de sillones del dormitorio, Roarke revisaba los reportes financieros en la pantalla de pared, mientras disfrutaba de una taza de café. Pero le lanzó una mirada. -Si estás planeando vestir eso hoy, el elemento criminal de la ciudad va a quedar muy impresionado.
– Hay más cosas aquí de las que había hace dos semanas atrás.
– En serio? No imagino como fue que sucedió.
– Debes parar de comprarme ropa.
El se agachó para levantar a Galahad, pero el gato volvió la nariz en el aire. Se había mostrado ofendido desde el momento en que retornaran la noche anterior. -Porque?
– Porque es embarazoso. -Murmuró y se metió adentro para encontrar algo razonable para vestir.
El sólo le sonrió, observando como ella extraía un top sin mangas y pantalones para deslizarlos sobre el cuerpo largo y esbelto que nunca paraba de desear.
Estaba bronceada, de un oro pálido, y el sol había intensificado los mechones rubios en su corto cabello castaño. Se vistió rápida y económicamente, con el aire de una mujer que nunca pensaba en la moda. Sería por eso, supuso él, que nunca podía resistirse a apilar moda sobre ella.
Ella había descansado en el tiempo que pasaron juntos afuera, pensó. Había visto hora tras hora, día tras día, como las nubes de fatiga y preocupación se deslizaban fuera de ella. Ahora había luz en sus ojos color Whisky, y un brillo saludable en su rostro estrecho y de finos huesos.
