Estrechando los ojos, entró en la habitación. Era un espacio pequeño con una pequeña ventana, un escritorio abollado y ahora lustrado, y un par de sillas con los muelles rotos. El archivador, ahora brillante, había sido despejado. Una planta verde que aparentemente prosperaba, estaba encima de él.

Con un gemido de angustia, saltó hasta el archivador, tirando de un cajón para abrirlo.

– Lo sabía, lo sabía, lo sabía. El bastardo me lo sacó otra vez.

– Teniente?

Gruñendo, Eve miró hacia atrás. Su ayudante estaba parada en la puerta, tan ordenada como la habitación con su almidonado uniforme de verano.

– El maldito ladrón de caramelos encontró mi reserva.

Peabody frunció los labios. -Tenías caramelos en el archivero. -Inclinó su cabeza- Debajo de la M?

– M por mío, maldita sea -Molesta, Eve cerró el cajón de un empujón. -Olvidé sacarlo antes de irme. Que demonios pasó aquí, Peabody? Tuve que leer el nombre en la puerta para asegurarme que era mi oficina.

– Una vez que te fuiste pareció un buen momento para limpiar y pintar. Había una bonita mugre aquí.

– Yo quería usarlo así. Donde están mis cosas? -demandó- Tenía algunos pendientes, algunos cinco, y los reportes de los EM y los barredores del caso Dunwood deberían haber llegado mientras estaba fuera.

– Me ocupé de eso. Hice los cinco y cerré los pendientes, y archivé los reportes. -Ella mostró la sonrisa que danzaba en sus ojos oscuros. -Tuve algo de tiempo en mis manos.

– Hiciste el papeleo?

– Sí, señor.

– Y arreglaste para hacer la limpieza de mi oficina?

– Creo que había organismos multicelulares criándose en las esquinas. Están muertos ahora.

Lentamente Eve deslizó sus manos en los bolsillos, hamacándose en los talones. -Esta no debería ser tu forma de decirme que cuando estoy aquí no te doy tiempo para ocuparte de los asuntos diarios.



8 из 333