
– Sólo era sincera -dijo con un hilo de voz.
Matt seguía sonriendo cuando la miró y dijo:
– Muy bien. Si trabajas como hoy hasta que vuelva Paige, no me importa ser el número dos.
Flora tomó aire de nuevo. Sólo era una sonrisa. No había razón alguna para que su corazón se desbocara.
– Es -se interrumpió para carraspear-. Es un trato.
Las ocho y veinticinco. Flora no podía creerse que hubiera llegado a la hora.
– Ven a las ocho y media -había dicho Matt a modo de despedida la noche anterior-. Y haz algo con tu pelo.
Flora, cuyos zapatos la estaban matando, le observó partir hacia su coche con rencor. Pero el rencor duró poco. Tenía el trabajo, eso era lo importante. Podría pagar sus deudas y el mundo sería suyo.
Mientras subía en el ascensor hasta el despacho del presidente, Flora examinó su imagen con recelo. Se había pasado horas para hacerse un moño, pero por algún motivo no resultaba tan elegante en ella como en otras chicas. Pero así tendría que ser y esperaba no escuchar más protestas.
Tras las críticas del día anterior a su atuendo, se había puesto una falda larga, color marrón y una blusa beis de manga corta. Tenía un aspecto endomingado y aburrido, pero parecía discreta y esperaba que apropiada.
Para su sorpresa, no vio a Matt cuando atravesó la puerta de su despacho. Todo estaba oscuro y silencioso. El lugar le pareció tan presidencial que no dudó que era el despacho de Matt, hasta que otra puerta al fondo le hizo comprender que aquel era su despacho. Era confortable, espacioso, ordenado y limpio, un lujo para Flora.
Dejó su bolso en una silla y se sentó frente a su mesa, pasando la mano por la madera noble y pulida y abriendo los cajones. Estos se deslizaron sin ruido para mostrar su contenido impecable. El equipo informático era tan moderno que apenas reconoció la mitad de los aparatos. Ya se preocuparía por eso más adelante, se dijo con su característico optimismo y giró varias veces en su silla, aprobando su elegante confort.
