Yo soy el único heredero del invernadero de mamá, como papá suele recordarme con frecuencia, aunque no es un invernadero de cultivo en plan industrial, no se trata de trescientas cincuenta tomateras ni cincuenta plantas de pepino lo que ha pasado de madre a hijo; en realidad solamente las rosas, que se cuidan solas sin necesidad de dedicarles excesiva atención, y quizá diez tomateras que pueden quedar. Papá regará mientras yo esté fuera.

– Nunca me han ido demasiado las hortalizas, Lobbi, era a tu madre a quien le interesaban. Como mucho, yo podría comerme un tomate a la semana. ¿Cuántos tomates crees que sobran en cada planta?

– Intenta regalarlos.

– No puedo dedicarme a ir por ahí colocándoles tomates a los vecinos.

– ¿Y a Bogga?

Lo digo aunque imagino que quien fue amiga de mamá muchos decenios no tiene los mismos gustos culinarios que papá.

– No querrás que vaya todas las semanas a ver a Bogga con tres kilos de tomates. Se empeñaría en que me quedase a cenar.

Sospecho lo que va a decir a continuación.

– Me habría gustado invitar a la chica con la niña -continúa-, pero no sabía si te parecería mal.

– Sí, me parece mal. No somos pareja ni lo hemos sido nunca, la chica, como tú la llamas, y yo, por mucho que tengamos una hija en común. Fue un accidente.

Ya he dejado las cosas perfectamente claras y papá tiene que entender sin género ninguno de duda que la niña es fruto de un instante de estupidez, que mi relación con la madre se limita a la cuarta parte de una noche, una quinta parte se acercaría aún más a la realidad.

– Tu madre no se habría opuesto a invitar a la madre y la niña a la última cena -cada vez que papá tiene que dar más peso a sus palabras apela a mamá para que salga de la tumba y dé su opinión.



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