
– Nunca me han ido demasiado las hortalizas, Lobbi, era a tu madre a quien le interesaban. Como mucho, yo podría comerme un tomate a la semana. ¿Cuántos tomates crees que sobran en cada planta?
– Intenta regalarlos.
– No puedo dedicarme a ir por ahí colocándoles tomates a los vecinos.
– ¿Y a Bogga?
Lo digo aunque imagino que quien fue amiga de mamá muchos decenios no tiene los mismos gustos culinarios que papá.
– No querrás que vaya todas las semanas a ver a Bogga con tres kilos de tomates. Se empeñaría en que me quedase a cenar.
Sospecho lo que va a decir a continuación.
– Me habría gustado invitar a la chica con la niña -continúa-, pero no sabía si te parecería mal.
– Sí, me parece mal. No somos pareja ni lo hemos sido nunca, la chica, como tú la llamas, y yo, por mucho que tengamos una hija en común. Fue un accidente.
Ya he dejado las cosas perfectamente claras y papá tiene que entender sin género ninguno de duda que la niña es fruto de un instante de estupidez, que mi relación con la madre se limita a la cuarta parte de una noche, una quinta parte se acercaría aún más a la realidad.
– Tu madre no se habría opuesto a invitar a la madre y la niña a la última cena -cada vez que papá tiene que dar más peso a sus palabras apela a mamá para que salga de la tumba y dé su opinión.
