
Tengo una sensación extraña ahora que estoy, si así puede decirse, en el escenario mismo de la fecundación, con mi anciano padre a mi lado y mi hermano gemelo, mentalmente retrasado, justo al otro lado del cristal.
Papá no cree en las casualidades, por lo menos cuando se trata de los sucesos más importantes de la vida, nacimiento y muerte; la vida no despierta y se apaga por casualidad, como si nada, suele decir. Tiene la teoría de que la fecundación no se basa en la coincidencia de un solo encuentro, ni cree que sea posible sin motivo alguno que un hombre se acueste con una mujer, igual que tiene la teoría de que tampoco la muerte está provocada por la humedad o la gravilla suelta en una curva, si existe la posibilidad de encontrar alguna otra causa, mediante números y cálculos numéricos. Papá piensa que el mundo se mantiene unido por los números, que éstos son el núcleo central de la creación y que en las fechas pueden leerse la verdad y la belleza más profundas. Lo que yo llamo casualidad u oportunidad, según las circunstancias, es para papá cuestión de complejidad del sistema. Demasiadas casualidades son imposibles, quizá una pero no tres, ni repeticiones aleatorias, como dice él; el cumpleaños de mamá, el día del nacimiento de su nieta y el día del fallecimiento de mamá, todo en la misma fecha del calendario, el siete de agosto. Yo no llego a comprender los cálculos de papá. Mi experiencia es que precisamente cuando uno se ha hecho por fin idea de algo concreto, sucede otra cosa completamente distinta. No tengo nada en contra de los pasatiempos de los electricistas jubilados, con tal de que sus cálculos no se relacionen con mi escasa afición a usar preservativo.
– No estás huyendo de nada, Lobbi.
– No. Ayer me despedí de mi hija y de su madre -añadí. Parece dejarme por imposible, porque cambia de tema.
– ¿Sabes si tu madre llegó a anotar la receta de las natillas de chocolate? He comprado nata para montar.
