Mi hermano Jósef está callado y papá tampoco habla demasiado cuando nos sentamos a la mesa; ninguno de nosotros, ni el padre ni los hijos, habla demasiado. Le sirvo a mi hermano, y le corto las patatas en dos. Él ni mira la salsa verde, la retira cuidadosamente del pescado y la deja en el borde del plato. Miro a mi hermano de ojos castaños, que se parece un tanto a un famoso actor de cine, pero no hay forma de saber lo que le pasa por la cabeza. Para compensar lo que ha hecho con el pescado y no alterar el equilibrio de la mesa, me echo bastante de la salsa de papá. Es en ese momento cuando siento por primera vez el pinchazo en el vientre.

Después de comer, mientras friego los platos, Jósef hace palomitas, como tiene por costumbre cuando viene los fines de semana a casa. Coge la olla de fondo grueso del armario, pone exactamente tres cucharadas soperas de aceite y va echando con mucho cuidado el maíz de la bolsa hasta que el fondo está cubierto con una capa uniforme de granos amarillos. Después pone la tapadera y coloca la olla a potencia máxima durante cuatro minutos. Cuando el aceite chisporrotea, baja el fuego y lo pone al dos. Trae el cuenco de cristal y el salero y no se aparta de la olla hasta que termina el trabajo. Después, los tres vemos el telediario, mi hermano me tiene la mano cogida, los dos estamos en el sofá, sobre la mesa el cuenco de cristal. Hora y media después de la llegada de mi hermano gemelo en su visita de fin de semana, saca el disco: ha llegado la hora de bailar.

Capítulo 3

No me llevo muchas cosas, papá se extraña de lo pequeño que es mi equipaje. Envuelvo los esquejes en hojas húmedas de periódico y los coloco en el bolsillo delantero de la mochila. Vamos en el Saab, que es de papá desde que tengo memoria; Jósef va sentado, silencioso, en el asiento trasero. Papá se pone boina cuando viaja, cuando sale de la ciudad. Conduce muy por debajo del límite legal de velocidad, desde el accidente no supera los cuarenta kilómetros por hora.



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