Va tan despacio al cruzar el atormentado malpaís que puedo contemplar los pájaros que se posan regularmente en los violáceos picos de lava en los variados colores del alba hasta donde alcanza la vista, una capa de color encima de otra, como una trágica composición musical in crescendo. Papá tampoco está muy acostumbrado a conducir, era casi siempre mamá la que conducía. Hay una larga fila de coches detrás de nosotros, y constantes intentos de adelantarnos. Pero eso no altera la concentración de mi padre al volante. Tampoco tengo miedo de perder el avión, porque papá llega siempre con tiempo de sobra.

– Papá, ¿quieres que conduzca yo?

– No, gracias, Addi. Aprovecha para disfrutar la tierra de la que te estás despidiendo, seguramente en los próximos tiempos no tendrás muchas oportunidades de viajar entre lava.

Los dos callamos un rato mientras disfruto de la tierra de la que me estoy despidiendo. Más tarde, cuando hemos tomado la desviación que lleva al faro, papá se empeña en charlar un poco de mis perspectivas de futuro, de lo que pienso hacer con mi vicia. No le agrada demasiado mi interés por la jardinería.

– Perdona, Lobbi, que tu anciano padre esté siempre preguntando por tus planes para el futuro, no es curiosidad ni mala idea.

– No pasa nada.

– ¿Ya has decidido lo que piensas estudiar?

– He optado por la jardinería.

– Un chico con tu talento para el estudio.

– No empieces otra vez, papá.

– Creo que desperdicias tus dotes, Lobbi.

Es difícil explicárselo a papá; el jardín y las rosas del invernadero eran un interés que yo compartía con mamá.

– Mamá me habría comprendido.

– Sí, tu madre aprobaba prácticamente todo lo que hacías -dice-. Pero no le habría disgustado que fueras a la universidad.

Cuando nos mudamos al nuevo barrio, éste carecía de vegetación, todo eran extensiones de tierra yerma y losas de piedra y pedregales azotados por el viento.



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