
– ¿No lo dirás en serio?
– ¿De modo que ni siquiera te planteas ir a la universidad?
– No, de momento no.
– ¿Y botánica?
– No.
– ¿Biología?
– No.
– ¿Y fitobiología o fitogenética con especialización en fitotecnología?
Papá se ha estudiado los planes de estudios. Tiene el volante bien apretado entre las dos manos y no aparta la mirada de la carretera.
– No, no me interesa ser científico ni profesor de universidad.
Me siento más a gusto en la tierra mojada, es muy distinto poder tocar plantas vivas; a un laboratorio no llega el olor de la hierba después de un chaparrón. Es difícil expresar en palabras que papá entienda el mundo que compartíamos mamá y yo. Mi interés está en lo que crece de la tierra fértil.
– Pero quiero que sepas que tengo guardados unos ahorros que serán tuyos si quieres continuar tu formación y entrar en la universidad. Eso es aparte de la herencia de tu madre. Jósef está contento donde está -añadió-. Naturalmente, me ocuparé de que no le falte nada a él tampoco.
– Muchas gracias.
No hablo mucho de jardinería con papá. Claro, que tampoco puedo ir y contarle a mi electricista que a lo mejor no sé lo que quiero, que puede ser difícil decidir algo así de una vez por todas, en un determinado momento de la vida.
«No se llega demasiado lejos con los sueños, mi querido Lobbi», diría papá.
«Hay que seguir los propios sueños», habría dicho mamá.
Y luego se habría asomado por la ventana de la cocina para observar un buen rato su territorio, no sólo lo que se extendía pocos metros más allá del invernadero y del vallado, como si el jardín fuera solamente una parcelita llena de flores que no dejara ver lo que había más allá de la valla porque estaba repleta de las más variadas matas, árboles y otras plantas, sino como si estuviera esperando huéspedes llegados de lejos. Después echaría en un cuenco las pasas de una bolsa, lo pondría debajo del grifo y dejaría que se desbordara.
