
Últimamente, papá ha empezado a hablar de Jósef y él como una unidad, «Jósef y yo», dice.
Mamá tenía a veces la ocurrencia de salir y ponerse a trabajar en el jardín, o a ocuparse de algo en el invernadero en plena noche clara de verano, era como si no necesitara dormir como los demás, especialmente en verano. Cuando yo volvía a casa por la noche después de ir de marcha con mis compañeros, mamá estaba atareada en un macizo de flores con un cubito rojo y guantes de jardinería con florecitas rosas estampadas, mientras papá dormía a pierna suelta. Como no podía ser menos a esas horas, no había nadie por las calles y todo estaba en absoluto silencio. Mamá me daba los buenos días y me miraba como si supiera sobre mí algo que yo desconocía por completo. Así que me sentaba en la hierba a su lado media hora a arrancar las malas hierbas, por hacer algo, era tan sólo una forma de hacerle compañía. Quizá tenía en la mano una botella de cerveza a medias, y la metía en el macizo de pensamientos mientras me tumbaba con un codo debajo de la cabeza para ver pasar los nubarrones. Cuando quería estar a solas con mamá, me iba con ella al invernadero o al jardín, así podíamos charlar. A veces estaba distraída pensando en otra cosa y si le preguntaba en qué pensaba, me respondía sí, sí, me parece muy bien lo que dices. Y sonreía para mostrar su conformidad, con gesto risueño.
– Para un estudiante tan destacado como tú no hay mucho futuro en la jardinería.
– Bueno, yo no sé qué es eso de ser un estudiante destacado.
– Aunque tu padre sea ya mayor, Lobbi, todavía no es un carcamal. Resulta que tengo guardados todos tus certificados de notas. Doce años, y el primero de la clase; dieciséis años, y el primero del curso; terminaste el bachillerato como primero de tu promoción.
– No puedo creerme que guardes todas esas cosas -las tendría guardadas en una caja o en el trastero-. Tira esa basura, papá.
– Demasiado tarde, Lobbi; Prröstur, el enmarcador, les va a poner marco a todas.
